Murió con un disco de los Conciertos brandenburgueses de Bach girando en el reproductor. Solo, en la habitación de su infancia. Tenía 26 años y tres discos grabados que casi nadie había escuchado. Era noviembre de 1974.

Hoy, 19 de junio, Nick Drake hubiera cumplido 78 años.

Y el mundo, que lo ignoró en vida, no puede parar de escucharlo.

Juana Molina lo cuenta mejor que nadie. Cuando una amiga se lo hizo escuchar, rogó que se lo presentaran de inmediato. Estaba enamorada. No sabía que llevaba décadas muerto.

Ninguno de sus álbumes vendió más de mil copias mientras vivió. Su sello, Island Records, nunca supo bien qué hacer con él. Era «alto, precioso y callado», como lo describió su productor Joe Boyd. Quien también le dedicó estas palabras: Nick encogía los hombros como disculpándose, como si le avergonzara ser tan hermoso.

Grabó tres discos entre 1969 y 1972. Una trilogía cromática: Five Leaves Left es verde, otoñal, entre arbustos y enredaderas. Bryter Later es azul, urbano, una Londres somnolienta antes del amanecer. Pink Moon es rosa, desnudo, acústico. Un disco por color, un color por estado del alma. Merecen estudiarse en conservatorios y aparecen en todas las listas de los mejores álbumes de la historia. En vida, silencio. Después, culto universal.

Boyd lo explicó mejor que nadie: si las generaciones jóvenes disfrutan hoy de su música como propia, es porque ésta nunca llegó a ser la banda sonora de los recuerdos de sus padres. Drake nunca envejeció. Su música tampoco.

Hay un capítulo secreto que pocos conocen.

Françoise Hardy, la más bella mujer del pop francés, se enamoró de él cuando escuchó su primer disco. Lo proclamó en entrevistas en Londres. Habló de él con cada periodista que tuvo enfrente. Drake se enteró, fue al estudio donde ella grababa, y luego la visitó varias veces en París.

Pero la barrera del idioma los separó. Él se sentaba en un rincón y permanecía horas en silencio. Sin decir palabra. Como si le bastara saber que a ella le gustaban sus canciones.

Su última visita fue en octubre de 1974. Llegó al mediodía a su departamento en la Île de Saint-Louis, ella no estaba, le dejó un mensaje y volvió al aeropuerto. Menos de 24 horas en París. Unas semanas después estaba muerto.

Hardy lo explicó años después: «Me atraía más Nick como artista que como hombre. Aunque era esa mezcla explosiva de pureza, inocencia, belleza y fascinación por la muerte. Tal vez mi subconsciente entendió que el instinto de muerte de Nick era demasiado fuerte, tanto para él como para mí.»

Wes Anderson usó una de sus canciones en Los excéntricos Tenenbaum para ilustrar un intento de suicidio. Brad Mehldau lo versiona en piano. Heath Ledger era fan confeso y antes de morir planeaba filmar una biopic sobre su vida. La cantante española Silvia Pérez Cruz le dijo a este diario: «Nick Drake me acompaña siempre. Nunca falla. Nunca».

«Si conocés a una chica y te lleva a su habitación y allí hay discos de Nick Drake, es probable que te quieras casar con ella», dice una voz en el documental A Skin Too Few.

Puede que el casamiento no esté de moda. Pero Drake sí.

Su hermana Gabrielle reunió casi 500 páginas con cartas, fotos y memorias para reconstruirlo en el libro Nick Drake, recuerdos de un instante. La directora catalana Isabel Coixet acaba de anunciar una serie sobre el amor que nunca fue entre Drake y Hardy. Y una de sus canciones, «A Place to Be», parece ser premonitorio: «Y yo era verde, más verde que los prados / Ahora soy más negro que la oscuridad del más profundo mar».

Él lo anticipó todo también en «Fruit Tree»: «La fama no es más que un árbol frutal. Nunca puede florecer hasta que su semilla esté bajo tierra».

Tenía razón. Solo que no imaginó cuánto iba a florecer.