Creo que es en uno de sus mejores libros, Ending the Vietnam War -el mejor, para mí indiscutiblemente, es On China-, que Henry Kissinger arranca con la siguiente frase: Todo comenzó con las mejores intenciones. Mi historia comenzó con que me estaba orinando. No era exactamente que deseaba detenerme en la parrilla rutera Yutucán, de la que tanto me habían hablado, si no que lo necesitaba y, de paso, para ser un poco menos patético, aprovechar el restaurant como coartada.

Me habían contratado como asesor free lance para colaborar con los comités de Marketing y Publicidad municipales, en el afán de convertir a aquella ciudad fluvial, ya de por sí encantadora, en un destino turístico internacional. Aún faltaban como cien kilómetros para llegar. Mis acompañantes estiraron las piernas mientras yo visitaba el toilet. Pero en el sitio de marras, justo encima del mingitorio, descubrí un cartel gigantesco del “Yuca” Posini, el sindicalista de la Horchata, con el que yo había caído en desgracia en mi primera juventud. No sé qué investigación había refritado en una revista de segundo orden, que por motivos completamente imprevisibles llegó a sus manos, y el Yuca me hizo la cruz, un símbolo que respeto, pero no me representa.

Sugerí a mis anfitriones mejor seguir viaje y aguardar un par de kilómetros más para almorzar, sin explicar mi reticencia.

Cincuenta kilómetros más tarde, sin necesariamente negarme a orinar, nos detuvimos en otra parilla rutera. Vino a resultar también propiedad del Yuca. Me resigné y pedí una milanesa que tuviera la menor cantidad posible de veneno.

El poder del Yuca había crecido inconmensurablemente desde aquella nota que lo denunciaba como un cleptócrata, casi como si lo hubiera propulsado. Entonces, como una maitre, como una dueña o una CEO, de entre las brumas del tiempo vi aparecer en el medio del salón a “Patora”, la hija mayor del Yuca, mucho más elegante que en su juventud, con una larga cabellera cana, un tono en general que le quedaba mucho mejor en todo el cuerpo y el rostro, cuando ya no debía luchar por ser atractiva, no resignada, sino favorecida, por una madurez asexuada.

La llamaban Patora, cuando yo era joven, como una metáfora de fealdad y falta de atractivo, un mote que la hacía sufrir intensa e injustificadamente, y contra el que mi punto de vista se rebelaba.

Frente a frente, seguro de que no había modo de que me reconociera, recordé una de las mejores frases del tango de todos los tiempos: Había en mi frente tantos inviernos, que también ella tuvo piedad.

Los hijos del Yuca no tenían manera de pasar desapercibidos, aunque no sé si Patora lo hubiera preferido. Sospecho que, como casi todas las mujeres que conocí, su pulsión era ser apreciada a primera vista. ¿Qué necesidad había de castigar con un adjetivo denigratorio a una muchacha, sólo por ser hija de un sindicalista mafioso, como quiera que se intercambiaran el adjetivo y el sustantivo?

La Patora original, el personaje de Dante Quinterno, la hermana -creo que menor- de Patoruzú, protagonizaba cada capítulo de su aparición con un galán que pretendía seducirla para quedarse con los patacones del indio.

En sus abriles, la Patora hija del Yuca resaltaba cada tanto en alguna nota de la revista política relevante o en el suelto de corrillos políticos del diario, asediada por tal o cual play boy, o ex directivo del fútbol buscando entrar al Estado, o empresario secretamente en bancarrota intentando acumular capital.

Los romances o escaramuzas matrimoniales que involucraban a la Patora sindical -llegando incluso en ocasiones a tapa de las “revistas del corazón”-, invariablemente eran frustrados por el Yuca. Por dar un caso de esta última opción, cuando fue aprontada por Chidorito (así lo apodaron consecuentemente entonces), un actor en ciernes, participante de un bolo o cameo de la teleserie Los hijos de López, en el que fungía como hincha de Lanús que se trenzaba, casi a golpes, con el integrante estable del elenco, el hincha de Chacarita.

Chidorito no sólo fue borrado de la lista de pretendientes, tampoco se lo volvió a ver en la pantalla, ni chica ni grande, ni en teatro ni como artista callejero.

Curiosamente, hasta los más acérrimos enemigos del Yuca le reconocían un auténtico y saludable amor paternal por Patora, y que efectivamente los candidatos eran una runfla de arribistas sin excepción. Pero no por eso Patora dejaba de sufrir su circunstancia, su soledad, su apodo. Yo no sé cómo es exactamente ahora, pero por entonces, para una mujer joven y en edad de merecer, ser considerada públicamente fea era una maldición. Un anatema.

Hasta que apareció el cubano. Quizá su categoría internacional arrimó cierta duda a la sempiterna posición de guardabosque del Yuca. ¿De tan lejos venía a robar?

Era un cubano símil Huber Matos, que inicialmente había acompañado a Castro en la asonada contra Batista; luego, desencantado, alzado en armas en la sierra, y finalmente fugado al exilio en Miami. A fines de los setenta, sexagenario, recalaba como un arruinado azucarero en Baires, intentando comenzar de nuevo.

¿Por qué arruinado en Miami, por qué azucarero, por qué en Buenos Aires? Lamentablemente el aspirante no venía con notas al pie.

Había vislumbrado a Patora en una fiesta brindada por su compatriota Goar Mestre, y desfallecido de amor a primera vista.

El Yuca le permitió algunas citas primigenias, admitió un ramo de flores, una visita supervisada al hipódromo de Palermo. Pero finalmente lo dio de baja como a todos los demás. No le creía su devoción. Y, la verdad, tampoco yo se la hubiera creído. Era una infatuación aparatosa. Decenas de ramos de flores exóticas, a la puerta de la casa familiar, del sindicato, del velorio de la abuela de Patora -suegra del Yuca-. Recitaba poemas de amor en su meloso acento isleño, le brindaba serenatas de Bola de Nieve.

Fue la primera vez que Patora se resistió a la muralla paterna. Insistió con que el caribeño era de intención sincera.

Cultivaba una rosa blanca, en junio como en enero, para la chica sincera, que le daba su mano franca. No hubo caso: los lugartenientes del Yuca le prohibieron el acceso a palacio, al palier, a la mera esquina rosada. Tampoco el cubano se dejó vencer en los primeros embates. Después de todo, había sobrevivido a Batista y a Castro. En alguna instancia, en connivencia con la dictadura, aprovechando la alianza entre el Proceso y la tiranía cubana durante la guerra de Malvinas, el Yuca logró que la cancillería le retirara a Camilo el permiso de residencia, nunca del todo legalizado. Debe haber sido el único caso de exiliado por amor a principios de los ’80.

Camilo regresó a Miami, sin darse por vencido. Los adláteres del Yuca, para asestarle el tiro del final, lo hicieron apodar “Cachilo”. Con la misma persistencia del doblemente exiliado cubano, éste es el momento de aclarar que esta historia continuará la próxima semana.